lunes, 4 de diciembre de 2017

Me hace mucha falta el doctor Calle. Yo, confianzuda que era, le decía Jose F. No por falta de respeto, sino porque así firmaba cuando comentaba en mi blog Diccionario de obviedades, que fue donde tuve la fortuna de conocerlo. Escribo esta entrada como una manera de hablar con él, quién quita que esté ahora en algún lugar tranquilo, finalmente libre de obligaciones y viajes y diligencias, y se pueda dedicar a hacer lo que más le gustaba: leer, contemplar, chismosear, entregarse a los placeres sencillos. Es lo que más le deseo, esa serenidad que buscaba en vida y que tanto se merece ahora, esté donde esté. Que yo sepa, él no era "creyente", pero tengo la sensación de que tampoco era del todo escéptico. No creo que cediera a la arrogante tentación de ser concluyente ni en este ni en muchos otros temas.

Creo que lo extraño tanto porque es una de las contadas personas con las que he podido mantener una comunicación genuina y prolongada. ¿Profunda? No sé, creo que me comprendía. Suena absurdo hablar así de una persona que vi pocas veces, pero no lo es. Hay personas que veo seguido, o que he visto toda la vida, y con las cuales me es imposible tender puentes generosos, esenciales. Yo sentía que él, palabra a palabra, libro a libro, fragmento a fragmento, tendía puentes consistentes hacia mí.

El regalo más grande que me dejó el doctor Calle fue su manera de vivir el amor por la lectura. Ese testimonio de generosidad que deja alguien más interesado en oír que en decir. Su amor por la lectura también fue testimonio de quietud, de silencio, de unión con la vida desde un lugar pequeño, humilde. El lugar que nos corresponde, aunque tanto nos cueste. Me dejó mucha poesía, me dejó a Pessoa, que nos unía. Y fe en mí y en las letras. Muchas veces, cuando hablaba con él, me sentía menos loca, menos sola. Eso es lo que logran los verdaderos amigos.

Gratitud eterna, querido Jose F.