Está uno, digamos, en una sala de cine bien concurrida. La película está a punto de comenzar, uno está quieto, atento, o distraído, tal vez comiendo crispetas. De repente siente el impulso de mirar hacia atrás en una dirección específica. La mirada viaja firme y se encuentra con la de alguien más, que una milésima de segundo después de haberse encontrado con la de uno, finge estar clavada en otro punto. A todos nos ha pasado. La intensidad de la mirada. Telepatía. Ondas electromagnéticas. Ángeles. Casualidad. Destino. Gravedad. Intuición. Mala suerte. O buena. Como quieran: el resultado es el mismo.
Llevo varios días sintiendo concientemente la fuerza de las fases menguante y nueva de la Luna. Es como una exaltación de la fuerza de gravedad interna. Así la llamo. Es la fuerza que lo jala a uno a su propio núcleo. Y esa zambullida interna siempre es trabajosa. Uno se fatiga. Por algo en algunas culturas la mujer, cuando está menstruando, se aísla. No se exige una inexistente extroversión, sino que acepta y vive la fase de retraimiento de formas aceptadas o impuestas por la sociedad.
Había estado sintiendo esa fuerza las últimas semanas. Pero hoy, al fin, sentí con más fuerza la transición. Me dieron ganas de cortarme las uñas y el pelo, darme un baño renovador y escribir en mi cuaderno las conclusiones de la más reciente inmersión. A las cinco y media de la tarde salí a recibir los últimos rayos del Sol, que me hacía mucha falta. Caminé animada hasta la avenida sexta, alimentando mi amor por los árboles notables de Santiago de Cali. Mientras esperaba el cambio de luz en un semáforo, sentí esa fuerza de la mirada ajena. Había mucha gente alrededor. Pasé los ojos por un par de mujeres que estaban al otro lado de la zebra. Seguí mirando al alrededor y ahí volvió la fuerza, ahora resuelta. Mis ojos se clavaron en los de una de las señoras que estaban al otro lado de la zebra. Ella no alteró la mirada, al contrario; sentí que se volvía más intensa y la sostuvo por un instante, antes de mirar hacia otro lado. Cuando nos cruzamos en la zebra, no nos volteamos a mirar. Caminé unas dos cuadras más y entré en una calle más tranquila, con árboles y casas viejas. Entonces sentí otra vez la fuerza de la mirada ajena, esta vez viniendo justo desde arriba. Alcé la cabeza y mis ojos fueron rigurosamente atraídos por la Luna, blanca, nítida y creciente.
sábado 28 de enero de 2012
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