Amor y lucha

Hoy estuvimos en La Boca. No planeamos bien y nos fuimos en un bus que nos dejaba a varias cuadras de Caminito: unas de las pocas calles del barrio que los turistas visitan para sentirse dentro de un cuadro costumbrista mezclado con souvenirs y parejas sufriendo tango, por el calor de 38 grados y el cansancio de una rutina gastada. No entiendo la lógica de ese turismo, cuál es la gracia de comprar la experiencia de un lugar, si la experiencia de un lugar se hace con tiempo y se caracteriza por ser única, personal. Caminando hacia Caminito vivimos un pedazo de nuestra experiencia argentina. Estábamos llegando a una esquina preocupantemente sola, cuando una señora  muy querida nos interrogó y nos alertó para que no siguiéramos por ahí, porque había chorros. La señora se veía muy angustiada y cuando ya nos habíamos alejado como una cuadra en el sentido que ella nos había indicado, nos seguía gritando que no volviéramos por esos lados. Su angustia nos contagió y nos costó decidir qué hacer más adelante, cuando nos alcanzó una pareja sospechosa. Estuvimos un tiempo cambiando de dirección, hasta que preguntamos y nos dimos cuenta de que ya estábamos muy cerca del remanso de seguridad, cercado de policías y pintado de muchos colores, como en las épocas de los inmigrantes italianos.
Después de recorrerlo rápidamente, charlar con un pintor que vende sus cuadros hace tiempo en esas calles y almorzar en un restaurante una cuadra por fuera del radio del remanso, decidimos irnos.

Saliendo, vivimos otro pedazo de experiencia argentina. Nos topamos con la exposición de Ron Mueck en Proa. Sí, nos topamos. No es la primera vez que me topo con la exposición de un grandísimo artista aquí en Buenos Aires. Tengo un don para no saber dónde estoy parada y aun así aprovechar lo que la vida me ofrece.  No he podido pensar en nada más desde que salí de la exposición, así que decidí escribir lo que me hizo pensar estar en ese lugar, al frente de esas obras magníficas.

Para empezar, el corazón y las lágrimas se me quisieron salir más de un vez. Las obras de Ron Mueck tienen aura y vida, porque están hechas de tiempo y silencio. Nunca había visto a las personas tan absortas frente a una obra en un museo. No se trata del tamaño ni del realismo, ambos sorprendentes en varios casos. Se trata de la verdad que emanan las obras y la conexión que esa verdad propicia. Algunas veces me pregunto qué es lo que hace que una obra sea así, capaz de detener el tiempo de una persona, de hacerla conectarse con la vida que ese objeto emana como por arte de magia. Y muchas veces me respondo que no es el objeto, es el acto, la manera como fue hecho. Viendo el documental sobre el proceso creativo de este artista eso me quedó claro. Había amor, sabiduría sobre la verdad fundamental del tiempo y silencio, mucho silencio, en el proceso de creación de esas obras.

Un señor estuvo algunos minutos mirando a los ojos a esta mujer. Los demás no nos atrevíamos a invadir el espacio de comunión del señor con esa obra. Yo misma estuve un buen rato conectada con la mirada de esa mujer cargando compras, con su gesto y el de su hijo. Esta escultura me hizo pensar en la guardería que vimos antes de llegar al remanso de seguridad. Guardería Amor y Lucha. De 45 días a 5 años. 

Tiene algunos títulos geniales, como Drift. De esta escultura me impresionaron el reloj y la manilla del hombre a la deriva. Me imagino el contacto de los dedos con el agua, la sensación ambigua del señor, con su reloj y su tensión. Parece que la tensión nunca fuera a ceder, así se quedara una semana sobre ese flotador tomando el sol del final de la tarde. En la foto parece un maniquí, pero en la vida real se le puede sentir el pulso.

Una que me gustó mucho fue Man in a Boat. Casi todas las miradas son impresionantes, pero la de este señor parece que lo atravesara a uno y lo metiera en ese bote, para sentir la incertidumbre y el universo entero.

Por alguna razón me conmovieron más ese tipo de obras, que me hacen pensar en el lugar del hombre en el mundo, en su soledad, su lucha, su relación con la naturaleza. Como Youth y Woman with Sticks. Pero él también habla de la comunicación, del contacto, de eso que nos salva,  como en Couple Under an Umbrella. En esta escultura la señora mira al señor, que tiene la mirada perdida en otro lado, pero al mismo tiempo la está agarrando del brazo con firmeza. Lo que él logra congelar en ese gesto valió este viaje a Buenos Aires y me devuelve a Colombia con el corazón despierto.


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