Otras veces que me he sentido muy viva

A los cuatro años me sentaba todas las mañanas en una piedra enorme que había a la entrada de mi edificio. Esperaba el bus que me recogía para atravesar los caminos agrestes e intrincados que llevaban al jardín infantil. En esa piedra tenía una amistad muy importante, que se construía un poco cada día y minimizaba el otro síntoma de vitalidad: el miedo —que en esa época no se llamaba miedo sino "dolor de barriga"— producido por la inminente interacción con profesoras y niños. Esa amistad era con una mariquita que al parecer vivía en la piedra. Todos los días estaba ahí y todos los días yo le ofrecía mi dedo como accidente geográfico: ella me daba un bálsamo para la ansiedad y yo le daba obstáculos y aventuras matutinas. El rojo intenso de la mariquita, sus pecas negras y las cosquillas que me hacía en la mano eran una clara evidencia de que yo estaba dentro de un cuerpo, pisando el suelo de este planeta.

Una noche de luna llena que volvíamos por los esteros, desde La Barra hasta Ladrilleros.Yo iba delante en la canoa, mal cumpliendo la función de centinela. Atrás venían dos hombres remando. Quien conducía la canoa, al otro extremo, era Gustavo. La belleza negra de Gustavo y su espíritu tranquilo eran suficientes para sentirse vivo, pero también estaba el resplandor de la luna plateando el agua y el manglar, alterando la noción de luz.

Ayer, viendo la ternura de un hijo.

Una de las últimas veces que tomé yagé. Era de día, estaba lloviznando, pero salí del salón de la toma para respirar. Afuera, una ceiba vieja recibía la lluvia. La vibración del árbol llegaba hasta el lugar donde yo estaba escampando: daba la sensación de estar creando silencio.

Comentarios

  1. Me conmovió, como me conmueve Sei Shônagon:

    Cosas que emocionan

    Pichones de gorrión.

    Pasar por un lugar donde juegan niños de pecho.

    Ver un espejo extranjero con su luna manchada.

    Una persona de alta condición detiene su carroza frente a mi casa, y ordena a su sirviente que solicite una cita.

    Encender un incienso muy bueno, y acostarse sola.

    Lavarme el cabello, maquillarme y vestir un kimono perfumado. En este caso me siento feliz y noble, aun cuando nadie me observe.

    Una noche que espero a mi amante, al escuchar el ruido de la lluvia en mi puerta y el golpeteo del viento, sin motivo y de repente me sobresalto.

    http://www.bn.gov.ar/abanico/A20512/sato.sei.htm

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  2. Muchas gracias por mostrármela, Jose F. Hay muchas buenísimas:

    Personas que parecen sufrir

    Un exorcista, que tiene que habérselas con un espíritu obstinado, espera que sus encantamientos surtan efecto de inmediato, pero varias veces frustrado, debe perseverar, rogando que sus esfuerzos no acaben convirtiéndose en objeto de mofa.

    Cosas odiosas

    La elegancia de la despedida influye enormemente en el apego que tengamos por un caballero. Si salta de la cama, ronda por la habitación, se ajusta demasiado el cinto, se arremanga y se llena el pecho con sus pertenencias, asegurando enérgicamente su cinturón, comenzamos a odiarlo.

    Cosas sórdidas

    El interior de la oreja de un gato.

    Cosas que no pueden compararse

    Lluvia y llovizna.

    Cuando una ha dejado de amar a alguien, siente que el otro se ha transformado en una persona distinta, aun cuando no haya cambiado.

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  3. Todo es lindo en la llovizna: la palabra, lo que designa y la definición de la Real Academia:

    "llovizna.
    (De lloviznar).
    1. f. Lluvia menuda que cae blandamente".


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