Simplicidad
Hay dos maneras de encarar la vida: una es huyéndole y otra es encarándola. Creo que es una decisión que se puede (¿debe?) tomar en algún momento de manera consciente, porque de manera inconsciente hay muchas maneras de vivir la vida desde la evasión sin que eso ni siquiera se note. Siempre he relacionado la evasión con la cobardía y la confrontación con la valentía, pero ya no estoy tan segura de eso. La vida es difícil y es dominante, terca, en realidad no hay manera de huirle a eso. A veces se requiere mucha valentía para la evasión y por lo que he visto no hay evasión definitiva, las cosas que hay que encarar siempre acaban encontrando la manera de salir a la superficie. Creo que lo que cambia es el tiempo en que eso ocurre y el grado de simplicidad de las situaciones. Pienso en el caso extremo y obvio: el suicida. El suicida puede ser visto como prófugo de la vida y para mí es claro que se necesita mucho coraje para lanzarse de un décimo piso o para decidir tomar el ascensor y enfrentar lo que sea que venga al salir a la calle o encerrarse solo en un cuarto. No creo que sea posible decidir para cuál de las dos acciones se necesita más coraje, porque sospecho que se necesita el mismo grado. Y creo que es el mismo que se necesita desde que lo sacan a uno de la barriga de la mamá y es necesario empezar a abrirse un lugar en este mundo y un mundo dentro de uno, uno que no sea infernal ni se vuelva infernal para los demás. La valentía no la elegimos, viene incluida con la vida, como la necesidad de respirar. Lo que cambia es la manera en que uno decide mirar esa necesidad. Aprender a respirar mejor simplifica las cosas, uno puede aprender a estar más tranquilo y claro mentalmente, a optimizar los recursos, a fluir mejor en cada momento. Lo mismo debe pasar con el coraje y la decisión de abrazarlo. Cada acto, por pequeño que sea, requiere valentía, requiere una decisión y una intención abierta a recibir lo que sea que este mundo tiene para uno y necesita de uno. Eso no es fácil, pero creo que volverlo una decisión consciente ante todo puede hacer las cosas más simples. Cuando uno evade, las cosas se enredan pero no dejan de existir, simplemente se vuelven más complicadas. La simplicidad debe ser eso, hacer las cosas de la manera más sencilla y directa posible, mirando con los ojos bien abiertos dónde está uno parado, a qué puede recurrir, a qué no, y aprovechando los recursos sin dudar. Como con la respiración, que está ahí siempre, pero uno puede decidir ignorarla o puede elegir una manera de usarla: si quiere que fluya suave y continuamente o si quiere mantenerla corta y superficial. Eso tiene unas consecuencias en los estados mentales y emocionales y por lo tanto en las acciones de uno. Una respiración agitada y subutilizada probablemente revela y activa más intranquilidad y menos efectividad en las acciones, así como un desgaste emocional que se puede evitar con determinado esfuerzo. Para hacer ese esfuerzo es necesario encarar el hecho de estar vivo y obligado a usar el aparato respiratorio y el aire que nos envuelve y alimenta. Lo mismo debe pasar con cada acción, cada pequeña decisión que agradece la consciencia y determinación de ser realizada con plena voluntad. Todo esto debe sonar obvio para una persona a la que se le da naturalmente. Cuando uno es de carácter evasivo, esta tremenda obviedad resulta reveladora. Tal vez para el frentero también sea una revelación que a ratos es necesario ejercer la retirada, abstenerse de la acción y el enfrentamiento directo con total control y consciencia. La vida es terca no solo en imponerse sino también en ocultarse. Todo depende de la situación y de qué tan claramente uno la vea.
Otra tema relacionado que me está rondando la cabeza es el de la mirada. La mirada determina muchas cosas. Para encarar algo de entrada hay que mirarlo y normalmente no mirar algo que complica la vida tiende a darle un poder negativo a ese algo. La mirada no implica juicio, el juicio puede ser lo más estorboso del mundo. La mirada implica atención sin más. El tema es qué mira uno y por qué. Mirar determinado obstáculo es indispensable para empezar a superarlo. Y parece obvio, pero de lo que uno está lleno es de obstáculos (normalmente autoimpuestos) que no mira. Enfocar la mirada en qué y por qué. Determinar eso puede hacer una diferencia enorme en el estado interior de una persona. No sé por qué a uno le enseñan (a mí por lo menos) que las cosas importantes en la vida deben ser complicadas, se le da una valor al sufrimiento, al caos, al enredo. Si una tarea no implica desgarrarse en esfuerzos sobrehumanos (e innecesarios) tal vez no era tan importante. Lo que uno debería aprender a desarrollar es la capacidad para hacer las cosas menos complicadas y más directas. El complique y la simplicidad no tienen nada que ver con la facilidad o dificultad. Una tarea puede ser muy simple y muy difícil al mismo tiempo, una relación puede estar llena de enredos ocultos, manipulaciones y mentiras y aún así ser muy fácil y cómoda. Seguramente el segundo caso trae un desgaste emocional innecesario, cosa que el primer caso no, pero ese desgaste no hace la situación más o menos fácil, sino simplemente más desgastante e ineficiente.
Me encanta burlarme de "ya no hay valores". Esa frase moralista que pretende juzgar todo lo que no encaje en determinado patrón de vida. Pero en realidad sí creo que hace falta decidir a qué le da valor uno y a qué no. Yo antes creía en la dificultad como un camino, o decía que creía (porque obviamente es de mártires vivir según ese principio y yo claramente no soy una). Creía en una frase, tal vez de Rilke, que aconseja ante una disyuntiva escoger el camino más difícil. Ahora creo que yo diría: escoger el más simple. Y sí, lo simple suele ser más difícil. El diccionario dice que lo complicado es enmarañado y lo difícil es aquello que no se logra sin mucho trabajo. Es sutil, pero ahí hay una diferencia. Uno necesita aprender el valor de lo difícil, no el de lo complicado. Es decir, el valor del esfuerzo claro y simplificado y no el del desgaste inconsciente e innecesario. No sé por qué existe esa creencia de que hay que encarar la vida a las malas, con los ojos cerrados, como un castigo, si se puede trabajar para que fluya mejor, para sentirse agradecido por las propias acciones.
Otra tema relacionado que me está rondando la cabeza es el de la mirada. La mirada determina muchas cosas. Para encarar algo de entrada hay que mirarlo y normalmente no mirar algo que complica la vida tiende a darle un poder negativo a ese algo. La mirada no implica juicio, el juicio puede ser lo más estorboso del mundo. La mirada implica atención sin más. El tema es qué mira uno y por qué. Mirar determinado obstáculo es indispensable para empezar a superarlo. Y parece obvio, pero de lo que uno está lleno es de obstáculos (normalmente autoimpuestos) que no mira. Enfocar la mirada en qué y por qué. Determinar eso puede hacer una diferencia enorme en el estado interior de una persona. No sé por qué a uno le enseñan (a mí por lo menos) que las cosas importantes en la vida deben ser complicadas, se le da una valor al sufrimiento, al caos, al enredo. Si una tarea no implica desgarrarse en esfuerzos sobrehumanos (e innecesarios) tal vez no era tan importante. Lo que uno debería aprender a desarrollar es la capacidad para hacer las cosas menos complicadas y más directas. El complique y la simplicidad no tienen nada que ver con la facilidad o dificultad. Una tarea puede ser muy simple y muy difícil al mismo tiempo, una relación puede estar llena de enredos ocultos, manipulaciones y mentiras y aún así ser muy fácil y cómoda. Seguramente el segundo caso trae un desgaste emocional innecesario, cosa que el primer caso no, pero ese desgaste no hace la situación más o menos fácil, sino simplemente más desgastante e ineficiente.
Me encanta burlarme de "ya no hay valores". Esa frase moralista que pretende juzgar todo lo que no encaje en determinado patrón de vida. Pero en realidad sí creo que hace falta decidir a qué le da valor uno y a qué no. Yo antes creía en la dificultad como un camino, o decía que creía (porque obviamente es de mártires vivir según ese principio y yo claramente no soy una). Creía en una frase, tal vez de Rilke, que aconseja ante una disyuntiva escoger el camino más difícil. Ahora creo que yo diría: escoger el más simple. Y sí, lo simple suele ser más difícil. El diccionario dice que lo complicado es enmarañado y lo difícil es aquello que no se logra sin mucho trabajo. Es sutil, pero ahí hay una diferencia. Uno necesita aprender el valor de lo difícil, no el de lo complicado. Es decir, el valor del esfuerzo claro y simplificado y no el del desgaste inconsciente e innecesario. No sé por qué existe esa creencia de que hay que encarar la vida a las malas, con los ojos cerrados, como un castigo, si se puede trabajar para que fluya mejor, para sentirse agradecido por las propias acciones.

Siento una visión muy autista de todo, como si no hubiera otro lado. Para entender la mirada, es clave pensar la mirada del que se mira. Las miradas que nos miran. El juego de las miradas no es simple, pero es bonito. Lo mismo respecto a enfrentar o quedarse encerrado. ¿Quién está afuera?
ResponderEliminarMuy bacano, me quedé pensando. Gracias por pasar.
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