La paz empieza en Transmilenio

Hora pico, una estación concurrida, como la de la Nacional. La gente está lo más pegada que puede frente a la puerta de la estación, esperando el bus. Hay tanta gente a lado y lado de la estación que los que entran y quieren desplazarse de un extremo a otro tienen que abrirse paso en una fila india irregular. El bus se demora; el grupo, cada vez más junto, continua creciendo. La ansiedad de las personas se puede respirar, así como la tensión, el estado de alerta máxima: cuando llegue el bus todos deben actuar rápida y avispadamente. Un segundo puede costar la posibilidad de sentarse, de entrar o de viajar sin tener que abrazar a un desconcido en una posición más íntima de lo aceptable, incluso con amigos de toda la vida. Puede incluso costar la vida del bebé que uno lleva en las entrañas. 

Finalmente, el bus llega. Viene lleno. Las personas que están más atrás empiezan a empujar a los de adelante, para que entren al bus y dejen algo de espacio libre. Los que están adelante, entre el bochorno, la rabia y el afán, se meten como pueden, encuentran espacios vacíos donde antes solo se veía carne humana. Algunos gritan, con rabia, para que las personas que están cerca de la salida se desplacen hacia el centro del bus, que tiene mucho espacio inutilizado: "Cooooooorraaaaanseeee, allá hay espaaaaaciooo, coooooorraaaaanseeee", repiten una y otra vez, mientras los aludidos se hacen los locos. El conductor del bus empieza a acosar con el sonido que indica que va a cerrar la puerta: allá ustedes si no se quitan (una vez viajé de una estación a otra con un pie  por fuera del bus). Todos los que lograron entrar ya están acomodados: agarrándose de esquinas que antes parecían imperceptibles, parados en las puntas de los pies o simplemente sostenidos por la presión de la masa humana. 

Cuando el conductor está a punto de cumplir su promesa, un hombre alto y muy flaco decide que, quieran o no, él también va a caber en el bus. Con sus piernas sobre la plataforma de la estación, se agarra del tubo más cercano a la puerta: tiene medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera del bus. Los demás pasajeros lo miran incrédulos. Él confía en que la puerta lo va a empujar y va a lograr acomodarse. Tiene razón: la puerta lo empuja y él queda con los pies quién sabe sobre qué o quién, con el tronco casi horizontal sobre las cabezas de los demás, y firmemente agarrado al tubo. El bus arranca y anda por aproximadamente tres minutos hasta llegar a otra estación concurrida. Muchos pasajeros llegan a su destino y empiezan a bajarse, también a punta de empujones y codazos. El flaco del tubo no se suelta: si lo hace lo multitud que está saliendo lo va a arrastrar y no piensa perder todo el trabajo realizado. Pero el flaco está en toda la entrada, como un obstáculo irremediable. Los que salen lo empujan, también irremdiablemente. El bus se va vaciando, el flaco puede verlo perfectamente, pero se aferra al tubo como si de su vida se tratara. No piensa moverse de ahí. La gente sigue saliendo, cada vez con más afán porque el conductor ya empezó con su ruidito amenazante. Es entonces cuando el flaco, desde su contorsión absurda e innecesaria, entra en un ataque de ira: "NO ME EMPUJEN HIJUEPUTAS, NO ME EMPUJEN HIJUEPUTASSSSS.... HIJUEPUTAS TODOS, HIJUEPUTAS". La puerta se cierra, solo en ese momento el flaco se suelta del tubo y camina hacia el centro del bus, donde se acomoda mirando a los demás pasajeros con odio.

Pienso mucho en ese flaco, pienso mucho en las veces que yo misma he sido ese flaco. Uno insiste en aferrarse a ciertas posiciones, en impedirle el paso a los otros para después emberracarse porque empujan. Empujan por empujar, claro, todos los otros están en el bus para estorbar, mientras yo lo uso para desplazarme. En Transmilenio el 98% de las personas actuamos como si ese fuera nuestro carro particular, solo que hay una cantidad de intrusos impidiéndonos disfrutar de nuestro reino. Todos unos hijueputas que se atreven a querer salir, a querer entrar, a querer sentarse, a tener cuerpo, a respirar, a ocupar un espacio en este mundo. ¿Cómo así? ¿Hay que compartir el espacio con otros? ¿Y mis derechos? ¿Y mi pasaje? ¿Y mi capricho de quedarme en la puerta, hijueputas? ¿Por qué la gente es tan bruta, tan guache? ¿Por qué no entienden que tengo que entrar, que tengo que salir, que me duele una rodilla, que estoy cansado? ¿No ven que sus rodillas tallan? ¿Que sus codos duelen? ¿Por qué no abren las ventanas, imbéciles? Me estoy ahogando aquí, al lado de la ventana, y nadie tiene la mínima consideración de abrirla.

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