Algo más grande que el miedo
«Aunque no se trataba de voces humanas, sino que sonaba como si el oro y la plata y todos los demás metales estuviesen cantando. Y luego aparecían, como en segundo término, voces de una naturaleza por completo distinta, voces de inconcebibles lejanías y de una potencia indescriptible. Se hacían cada vez más claras, de manera que Momo iba escuchando las palabras, palabras de una lengua que hasta entonces nunca había oído y que, no obstante, comprendía. Eran el Sol y la Luna y los planetas y todas las estrellas que iban revelando su propio y verdadero nombre. Y en aquellos nombres se hallaba contenido lo que hacían y cómo todos colaboraban para hacer surgir cada una de esas Flores de Horas y dejarlas marchitar.
¡Y de pronto Momo comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a ella! ¡El universo entero, hasta las más lejanas estrellas, se dirigían a ella como un rostro único, de tamaño inconcebible, que la miraba y hablaba con ella!
Y le sobrevino algo más grande que el miedo».
¡Y de pronto Momo comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a ella! ¡El universo entero, hasta las más lejanas estrellas, se dirigían a ella como un rostro único, de tamaño inconcebible, que la miraba y hablaba con ella!
Y le sobrevino algo más grande que el miedo».

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