Una red de mirada

Estaba viajando sola en Cusco. Mi plan favorito en cualquier lugar al que voy o en que vivo es vagabundear: caminar por ahí desprevenida y abierta a lo que me pueda encontrar. Hacer eso estando sola suele ser más provechoso, más espontáneo, supongo. No siempre encuentro cosas que valgan la pena, pero así siento que los lugares me permiten espiar su intimidad, más allá del recorrido turísitico y la foto de postal. Cusco es una ciudad interesante de verdad, hay mucho que aprender, mucho que contemplar, mucha comida rica, mucho loco en arrebato místico, mucho turista oriental, muchas alpacas —las alpacas son hermosas y deliciosas—, mucho arte, mucho cusqueño. Los cusqueños con los que tuve contacto siempre daban la impresión de estar pidiendo perdón, reflejaban una sumisión taimada y una dulzura genuina. Y eso era todo. Como siempre, me parecía que eso no era conocer a la gente de verdad. Por lo tanto, tampoco era conocer del todo el lugar.

Un día salí a caminar, quería llegar al barrio San Blas. Había visto en un mapa que me tenía que meter por una de las callecitas laterales de la Catedral. Escogí una al azar y me fui metiendo por otras y luego por otras aleatoriamente, hasta que llegué a la plaza del barrio. Es un barrio hippie y gentrificado, supongo: lleno de talleres, restaurantes veganos, centros de yoga y de medicina amazónica, artesanos de andén y viejitos tomando chicha en la puerta de la casa. Había un local de mapas muy bonito. Un señor me habló un poquito de la zona y me señaló el museo taller de un pintor, que estaba cerrado, pero al otro día iba a estar abierto. Lo mejor: no cobraba —cosa rarísima allá—. El marco de la puerta estaba adornado con pinturas religiosas del artista, todos los personajes tenían el cuello alargado, como llamas. "Es un homenaje que les hace", me dijo mi amigo ocasional. El mismo amigo me dijo que más arriba, "ahicito nomás", había un mirador, así que empecé a subir sin mucho orden.

Terminé en un callejón bastante estrecho, estaba solo y no se veía muy amigable con el turista, pero sentía que si seguía por ahí, iba a llegar al mirador. Más adelante había un cartel que decía: NO MÁS DROGAS NI CRIMEN EN NUESTRO BARRIO. Tenía la imagen de una hoja de mariguana dentro de un signo de 'prohibido'. Me llamó la atención, porque el señor del hostal me había dicho que Cusco era muy seguro, que no había ladrones porque era como una tacita de té: imposible escapar. Y eso era lo que se sentía: una isla de seguridad, todos los japoneses con sus cámaras al aire, cajeros por todo lado, gente sacando dólares sin la menor prevención, policías por todo lado: de turismo, normales y militares. A los pocos pasos llegué al mirador. La vista de Cusco era lindísima, me quedé un rato tratando de ubicar los lugares que conocía y sintiendo la calma pesada que transmitía ese pedazo de barrio. Al rato aparecieron dos borrachos que subían las gradas dando tumbos. Yo caminé hacia el extremo opuesto del mirador; solo oía los balbuceos de los dos señores cada vez más cerca. Parecía que se insultaban. Al rato pasaron por mi lado y se calentaron más, se querían coger a golpes, pero no tenían control de su propio cuerpo. Finalmente uno agarró por un lado y el otro por el opuesto. Se perdieron por las callecitas. Yo ya estaba asustada, entonces decidí bajar por las mismas gradas largas que ellos usaron para subir. 

Bajé como veinte escalones cuando me topé con una señora tirada boca arriba sobre las gradas, inconsciente. A su lado estaba sentada una bebé de máximo dos años, la estaba mirando y agarrándole los dedos de la mano. Yo me paré al frente de las dos. La señora respiraba, parecía perdida de la borrachera, las moscas se le paraban en la boca abierta y en los ojos, estaba con la ropa mojada y la camiseta subida hasta las tetas. La bebé estaba con la ropa y la cara sucias, con los mocos pegados por toda la cara, la miraba y le seguía tocando la mano. Al momentico se dio cuenta de que yo estaba ahí parada, me miró, miró a la señora, me volvió a mirar y en ese momento como que se dio cuenta del tamaño de su desgracia. Volvió a mirar a la señora mientras los ojos se le aguaban, me volvió a mirar a mí y esta vez los ojos gritaban que por favor la ayudara. Yo estaba paralizada, nunca había visto una mirada tan triste, nunca en mi hijueputa vida. La bebé se largó a llorar, yo me acerqué, me senté al lado de ella, le cogí la mano y le empecé a consentir la espalda, diciéndole que todo iba a estar bien —no sé cómo—. No fui capaz de cargarla, me daba miedo que se asustara más. Entre más le hablaba yo, tratando de tranquilizarla, más duro lloraba ella. En ese momento salió una muchacha de la casa que quedaba justo al frente de donde estábamos, tenía por ahí quince años. Vio a la niña, la cargó y la calmó. Le pregunté si las conocía y me dijo que sí, que la señora vivía sola por allá arriba con la bebé, que no sabía dónde vivía, pero que siempre estaba borracha. Le pregunté si no conocía a algún familiar o algo. Que no, que vivía sola, que no sabía nada. Las dos nos quedamos mirando a la señora sin saber qué hacer. Yo la empecé a zarandear, a ver si se despertaba. La llamaba y ella respondía con un gemido. Ni siquiera hacía el amague de abrir los ojos. En ese momento pasó una señora del barrio, le dije que qué hacíamos y dijo que era el colmo: "No debería hacer eso, ¿cierto señorita?", me dijo. "Yo es que no me puedo quedar", y siguió bajando. Luego pasó otro señor local, la miró, le pedí ayuda y me ignoró, siguió bajando. Al rato llegaron tres turistas que parecían europeos. Nos quedamos los cinco mirándola, aterrados, como si fuera un animal disecado. Finalmente decidí bajar a la plaza a buscar a la policía, porque la muchacha no sabía el número. Ella se quedó con la niña y los turistas europeos. 

Cuando llegué con el policía que encontré en la plaza, la señora ya estaba sentada. Se había despertado sola. Los europeos se fueron y el policía le empezó a hacer preguntas a la señora, le hablaba con dulzura y consideración, ella solo respondía incoherencias. Decía que la niña era su hija, pero que no era su hija. Lloraba y después se dormía por un segundo. Le dieron agua. Preguntó quién llamó a la policía, le dije que yo, que estaba preocupada por la niña. Me miró con odio. En ese momento apareció una vecina de la nada, dijo que ella conocía a la mamá de la señora, que le podía llevar a la niña. Otro policía ya había llegado, entonces él se fue con la bebé y la vecina para donde la abuela, mientras el otro resolvía qué hacer con la mamá. La señora borracha empezó a gritar, que no le quitaran a la niña, que la mamá de ella era mala, pero no podía modular más de media frase ni sostenerse mucho tiempo sentada. Ahí decidí irme.

La mirada de esa bebé gritaba una mezcla de terror, vergüenza y desamparo. Una tristeza infinita, que se me quedó clavada todo el viaje —y toda la vida, yo creo—. Pienso mucho en las miradas. Lo que yo miro, lo que los otros miran, lo que las miradas dicen, todas las miradas que no se tocan y lo que eso dice de nosotros, unos mamíferos que se nutren por el tacto, por la nariz, por los oídos, por la boca y por los ojos. Cada vez nos miramos menos. 

En palabras de Juarroz

"Una red de mirada
mantiene unido al mundo
no lo deja caerse".


La verdad de esa bebé, anterior a las palabras, está en todos, nos sustenta a todos. Volvamos a mirarnos. No dejemos caer el mundo. 



Comentarios

Entradas populares