Algunas veces que me he sentido muy viva

Estaba organizando unas tablas que estaban apiladas en el patio de atrás de la casa donde vivía en Xerém, zona rural. Estaba oscuro porque era de noche y no había bombillo en esa parte de la casa. Estaba llevando tablas de un lado para otro, sin prestar mucha atención. Al agarrar una con fuerza, porque eran pesadas, sentí un relieve suave, peludo y cartilaginoso que se movió un poco, mientras mi mano recibía una especie de corrientazo. Salí pitada por todo el corredor, sin entender qué había tocado y sintiendo que mi mano quería independizarse de mi brazo para salir corriendo. Todavía puedo reproducir en mi mente y en mi mano la vibración demoníaca que sentí en ese momento. Mi amigo Juan David fue a mirar qué había detrás de la tabla. "Un murciélago", dijo, y agarró la tabla con toda la tranquilidad del mundo para llevarla lejos de la casa.

Unos veinte años antes del suceso del murciélago, entraba yo muy temprano al colegio donde estudiaba en Cali. Vivía cerca del colegio, entonces muchas veces llegaba primero que todo el mundo. Pero ese día al parecer había madrugado más de lo normal, porque los corredores de la casona eran un desierto. Llevaba mi mochila al hombro y mi lonchera en la mano. Estaba recién bañada. Subí las escaleras de la entrada principal y antes de girar a la izquierda en dirección a mi salón, miré hacia el corredor de la derecha. Una chucha ENORME estaba mirándome aterrorizada como decidiendo para dónde agarrar. Quedé petrificada, con la sensación de estar viendo un monstruo. Creo que mi corazón se detuvo por varios segundos. Sentí el olor nauseabundo. La chucha tuvo coraje de huir primero que yo y se perdió en el patio. Estoy segura de que nos miramos a los ojos durante esos instantes de terror.

Por esa misma época, un lunes salía para el colegio con mi hermana Olguita. Nuestra "muchacha" no había llegado todavía a la casa después del descanso de fin de semana, se estaba demorando más de lo normal. Cuando salimos del edificio, nos topamos con un espectáculo sangriento. Nuestra "muchacha" estaba en el suelo del andén, encima de la "muchacha" del apartamento del primer piso. La tenía sometida y estaba dándole puños en la cara. Un french poodle estaba suelto, arrastrando la correa por el piso y ladrando desesperado. Un taxista había parado a chismosear y alentar la pelea. Nuestra "muchacha" era grande, gorda y muy fuerte. La "muchacha" del primer piso también era grande, pero más débil.  Olguita me agarró de la mano y me jaló para que echáramos a andar hacia el colegio. Cuando entré al salón todavía estaba temblando y tenía muchas ganas de vomitar.

Hace poco más de un año fui a una villa hippie llamada Sana. Hay muchas cascadas en esa área. Un día fuimos a unas que se llaman Pai e Mãe: Padre y Madre. Las piedras alrededor de la cascada Mãe estaban repletas de jóvenes fumando marihuana. Nos metimos en la poza y miramos hacia arriba. La gente se estaba lanzando desde una piedra que tiene unos doce metros de altura. Rodrigo fue y se lanzó. Solo se lanzaban hombres. Una mujer musculosa se lanzó. Cuando cayó le hablé y me animó a subir. La subida a la piedra me dio miedo, los rastafaris me miraban y sonreían. Llegué al borde y me agarré de una rama firme, curvando los dedos de los pies como garras. Miré hacia abajo y sentí ganas de devolverme. Miré hacia atrás y un rastafari me dijo que me lanzara lejos de las piedras y de la caída del agua, porque si no me chupaba. Devolverme no parecía posible, pero lanzarme tampoco. Me concentré un rato, recuerdo que pensé que posiblemente esa sería la última vez que tendría una emoción de esas (o tal vez la última vez que vería el mundo). Finalmente puse la mente en blanco y me lancé gritando. Caí un poco cerca de la caída de agua. Mientras subía me acomodaba el bikini para que al salir no me vieran empelota.

Las veces que he tenido la fortuna de estar cerca de ballenas en el Pacífico colombiano.

Varias veces atravesando el puente Río - Niterói. Ese puente me recuerda que estoy viva (y que admiro mucho a los Homo sapiens ingenieros que son capaces de construir cosas así).

Una vez volvía de Río a trabajar en Xerém. Estaba muy contenta y agradecida con la vida. Estaba iniciando una caminata de hora y media, sola, en una carretera destapada. El sol no se había asomado todavía, tampoco había luna, el cielo estaba apenas empezando a abrir tonos de azul y violeta. Lo único que brillaba en el horizonte era Venus y brillaba de una forma tan intensa y expresiva que parecía decir algo simple y misterioso. Eso se quedó conmigo.

Una vez que nos estaban robando a Rodrigo y a mí en Campinas. Uno de los ladrones me estaba apuntando con algo como un rifle. El jefe, que tenía un revolver,  le dijo al  del rifle que me pegara un tiro.

Todas las veces que entré al Castillo del Terror en la Ciudad de Hierro de Cali.

La vez que casi me congelo en el Nevado Santa Isabel.

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