El caso es de amor
Río de Janeiro es una ciudad que ha encantado y refugiado a una cantidad de gente. La familia imperial portuguesa burló a Napoleón y logró llegar hasta acá, donde tuvo que adaptarse y reinventarse a la fuerza, donde padeció todo el rigor de un territorio selvático, caótico y desbordado. Siempre ha sido un oasis en el desierto para el sufrido pueblo del nordeste: he oído no sé cuántas canciones sobre el destierro y la saudade que la gente del interior enfrenta cuando se viene a buscar un camino en estas tierras luminosas. No sé cuántas epifanías ha protagonizado, cuántas experiencias místicas, danzas, éxtasis poéticos, religiosos y botánicos ha suscitado. No sé para cuántas muertes, torturas, brujerías, traiciones y humillaciones ha servido de fuente y escenario. Aun así a veces me sorprende que yo haya terminado haciendo parte de ese tumulto de gente esperanzada y deslumbrada, de un grupo enorme de personas que busca agarrarse de la vida con las armas que tiene, con toda la fuerza de la que son capaces. Yo llegué acá buscando un lugar con mucho sol y savia, donde el grito de la vida fuera estridente y difícil de evadir. Me dio lo que esperaba: Río ha sido un remedio, con todo y lo amargo.
Hoy estaba caminando por una calle de Santa Teresa cuando noté una casa antigua, pero no abandonada, totalmente tomada por la hiedra. Por la ventana más alta se asomaba una cabeza blanca que me miraba atentamente.
Las mangueiras cargadas, los almendros plácidos.
Más abajo, en el centro, un hombre me insultó. Porque sí, porque lo había mirado, o porque no.
Policías conversando alto mientras esperaban: una multitud está siempre por tomarse las calles.
Jóvenes y no tan jóvenes pintaban letreros contra el voto obligatorio, contra el gobernador, contra la violencia policial, contra el sistema. Un artesano miraba todo sin inmutarse.
Una turista, tal vez alemana, casi es atropellada mientras fotografiaba la puerta de un garaje.
La calle sucia, la vista al Pan de Azúcar, el mar.
El aire denso, un poeta ofreciendo su poesía, un empleado de la Unicef fingiendo entusiasmo.
Muchos durmiendo en cambuches de cartón, en plena acera, en horario laboral, con restos de comida al lado. Palomas aprovechando.
Mujeres bonitas, mujeres gordas, mujeres flacas, mujeres raras, mujeres con barba de tres días, mujeres desproporcionadas, mujeres con frío, mujeres con calor, mujeres crespas, mujeres alisadas, mujeres planchadas, mujeres con afro, mujeres embarazadas, mujeres viejas y arrugadas, mujeres elegantes, mujeres en chanclas con la barriga por fuera, mujeres que gritan, mujeres que miran por encima del hombro.
Pensaba en el nombre. "Una ciudad que se llama Río está condenada a gustarme y a enamorarme".
Franceses coqueteando con el caminado. Cafezinho. Libros de poesía. Obreros comiendo galguerías en su pausa del medio día.
Soñé que un negro en una moto me robaba. Yo le rogaba que me dejara el celular. Él negaba con la cabeza y me apuntaba con su arma. Ahora miro muchos negros con sospecha, me saludan, me dan miedo. Eso no me pasaba antes.
Un hombre obeso se chupa el índice y el corazón mientras conversa con dos muchachas bonitas.
En el banco el celador me ayuda. Me mira con condescendencia cuando descubro qué es lo que hace a la puerta pitar. El cajero me explica todo con calma, sin perder la paciencia.
La mujer con los labios más gruesos del mundo me da información. Se echó brillo.
El portugués me vuelve a sonar bonito, me sigue costando pronunciarlo. Mucho. Parece que hay música en cada esquina, la gente comenta todo, le explica todo al otro, busca puntos en común. O discute sin compasión.
Veo el partido del Flamengo. Al bar no le cabe un personaje más. Todos me hacen reír, son caricaturas. ¿Será que yo miro mal? Cruzo miradas con el cajero de la tienda que debe estar preguntándose yo dónde había estado metida. Lo saludo porque la situación ya se puso incómoda. Tiene ojos bonitos y está entusiasmado por el partido. La cerveza sabe a gloria, no sé cómo pude dejarla. Voy al baño y cuando salgo a lavarme las manos un tipo detrás de mí dice "miaaaauuuu". "¿Ah?". "Su camiseta, dice miau". Sí, mi camiseta tiene un gato al frente y atrás dice miau.
Yo iba a escribir sobre sentimientos, los sentimientos que me despierta la ciudad. No sé cuáles son, son muchos, se mezclan. La quiero, la idealizo, es difícil no hacerlo. La voy a extrañar cuando me vaya del todo. O tal vez la olvido con esa facilidad falsa y traicionera que tengo para fingir que el pasado no existe. Tal vez el grafiti que registré para Ana resume lo que siento en este momento por Río: Passaria uma vida ao seu lado, mas não esta.
Hoy estaba caminando por una calle de Santa Teresa cuando noté una casa antigua, pero no abandonada, totalmente tomada por la hiedra. Por la ventana más alta se asomaba una cabeza blanca que me miraba atentamente.
Las mangueiras cargadas, los almendros plácidos.
Más abajo, en el centro, un hombre me insultó. Porque sí, porque lo había mirado, o porque no.
Policías conversando alto mientras esperaban: una multitud está siempre por tomarse las calles.
Jóvenes y no tan jóvenes pintaban letreros contra el voto obligatorio, contra el gobernador, contra la violencia policial, contra el sistema. Un artesano miraba todo sin inmutarse.
Una turista, tal vez alemana, casi es atropellada mientras fotografiaba la puerta de un garaje.
La calle sucia, la vista al Pan de Azúcar, el mar.
El aire denso, un poeta ofreciendo su poesía, un empleado de la Unicef fingiendo entusiasmo.
Muchos durmiendo en cambuches de cartón, en plena acera, en horario laboral, con restos de comida al lado. Palomas aprovechando.
Mujeres bonitas, mujeres gordas, mujeres flacas, mujeres raras, mujeres con barba de tres días, mujeres desproporcionadas, mujeres con frío, mujeres con calor, mujeres crespas, mujeres alisadas, mujeres planchadas, mujeres con afro, mujeres embarazadas, mujeres viejas y arrugadas, mujeres elegantes, mujeres en chanclas con la barriga por fuera, mujeres que gritan, mujeres que miran por encima del hombro.
Pensaba en el nombre. "Una ciudad que se llama Río está condenada a gustarme y a enamorarme".
Franceses coqueteando con el caminado. Cafezinho. Libros de poesía. Obreros comiendo galguerías en su pausa del medio día.
Soñé que un negro en una moto me robaba. Yo le rogaba que me dejara el celular. Él negaba con la cabeza y me apuntaba con su arma. Ahora miro muchos negros con sospecha, me saludan, me dan miedo. Eso no me pasaba antes.
Un hombre obeso se chupa el índice y el corazón mientras conversa con dos muchachas bonitas.
En el banco el celador me ayuda. Me mira con condescendencia cuando descubro qué es lo que hace a la puerta pitar. El cajero me explica todo con calma, sin perder la paciencia.
La mujer con los labios más gruesos del mundo me da información. Se echó brillo.
El portugués me vuelve a sonar bonito, me sigue costando pronunciarlo. Mucho. Parece que hay música en cada esquina, la gente comenta todo, le explica todo al otro, busca puntos en común. O discute sin compasión.
Veo el partido del Flamengo. Al bar no le cabe un personaje más. Todos me hacen reír, son caricaturas. ¿Será que yo miro mal? Cruzo miradas con el cajero de la tienda que debe estar preguntándose yo dónde había estado metida. Lo saludo porque la situación ya se puso incómoda. Tiene ojos bonitos y está entusiasmado por el partido. La cerveza sabe a gloria, no sé cómo pude dejarla. Voy al baño y cuando salgo a lavarme las manos un tipo detrás de mí dice "miaaaauuuu". "¿Ah?". "Su camiseta, dice miau". Sí, mi camiseta tiene un gato al frente y atrás dice miau.
Yo iba a escribir sobre sentimientos, los sentimientos que me despierta la ciudad. No sé cuáles son, son muchos, se mezclan. La quiero, la idealizo, es difícil no hacerlo. La voy a extrañar cuando me vaya del todo. O tal vez la olvido con esa facilidad falsa y traicionera que tengo para fingir que el pasado no existe. Tal vez el grafiti que registré para Ana resume lo que siento en este momento por Río: Passaria uma vida ao seu lado, mas não esta.

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