Bicicleta

Aprendí a montar en bicicleta a los 28 años, el 28 de diciembre de 2010. Una cosa útil de haber aprendido vieja es que hoy en día le tengo un cariño especial y la sigo viendo con fascinación. Es un invento genial que hace feliz a mucha gente. Me da mucho miedo andar por las calles de Bogotá, pero he ido algunas veces a nadar a un lugar que queda relativamente cerca de mi casa. Poco a poco le voy perdiendo el miedo. Hoy iba subiendo por la 53 y empezó a llover. Un poco más arriba el sol se dejó ver, iluminó los cerros y formó un arco iris. Otra ventaja de la bicicleta: uno puede mirar mucho más el cielo. En bus, taxi o carro uno lo ve poco, y mirar el cielo es muy importante en mi vida.
Después de la nadada anduve un poco por la ciclovía nocturna. La gente estaba muy contenta, tanto que me daban pena mis neurosis de ciclista torpe: que la gente camine distraída por la mitad de la vía, por ejemplo, me saca de quicio. Pero el problema es mío, los ciclistas experimentados sortean esas dificultades con mucha tranquilidad, son muy flexibles. Un señor había amarrado la bicicleta de su hijo pequeño a la parte trasera de la suya, el niño andaba con rueditas, de esas para aprender a montar. El señor subió una loma tremenda arrastrando al hijo. Ver esa escena me alegró.
 Llegué hasta la Torre Colpatria y pensé en bajar por la 26, pero me dio miedo que me robaran volviendo a la casa por una calle sola y oscura, o tener un accidente con un carro, entonces me devolví por la séptima y volví a bajar por la 53. Esta vez me fui un ratico por la calle-calle, muy valientemente, y solo me pasó un carro por el lado. Ya no me toca parar tanto frente a los obstáculos, entendí que uno también puede mantener el equilibrio pedaleando lento. 
Cuando llegué a la casa mi cabeza empezó a botar ideas nuevas o que no me había detenido a mirar bien. Cosas importantes, porque se trata de modos distintos de ver mi propia vida y el rumbo que puedo tomar. Yo le atribuí esa apertura repentina a la bicicleta. Tal vez también a la nadada, pero más a la bicicleta. La nadada no me pone la cabeza activa, sino que la calma y flexibiliza. El movimiento y atención que requiere la bicicleta me ponen la cabeza en otro modo, un poco más alerta, que me permitió pescar esas ideas que estaban ahí, pero yo no les estaba poniendo suficiente cuidado.

Comentarios

  1. Entre tantas inhabilidades mías está la de saber montar en bicicleta —que ahora por esta bella entrada tuya, querida Ángela, más me duele.
    En fin: alguna vez que inventariaba todas mis inhabilidades, una alumna que —perpleja— las oía, me dijo: «Entonces ¿usted que hizo en la vida?».

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