Ideas del canario, de Machado de Assis

Un hombre dado a estudios de ornitología, de nombre Macedo, refirió a algunos amigos un caso tan extraordinario que nadie le dio crédito. Algunos llegaron a creer que Macedo había perdido el juicio. He aquí el resumen de la narración.

A principios del mes pasado –dijo él−, yendo por una calle, sucedió que una carroza en disparada casi me tumba al suelo. Escapé saltando al interior de una tienda de ropavejero. Ni el estrépito del caballo y del vehículo, ni mi entrada hicieron levantar al dueño del negocio, que dormitaba al fondo, sentado en una silla desplegable. Era un estropajo de hombre, barba color paja sucia, la cabeza metida en un gorro desharrapado, que probablemente no había hallado comprador. No se adivinaba en él ninguna historia, como podían tener algunos objetos que vendía, ni se le sentía la tristeza austera y desengañada de las vidas que fueron vidas.

La tienda era oscura, repleta de las cosas viejas, torcidas, rotas, manchadas, oxidadas que de ordinario se encuentran en tales casas, todo en ese medio desorden propio del negocio. Esa mezcla, aunque banal, era interesante. Ollas sin tapa, tapas sin olla, botones, zapatos, cerraduras, una falda negra, sombreros de paja y de pelo, marcos, binóculos, fracs, un florete, un perro disecado, un par de chancletas, guantes, vasos sin nombre, dragonas, una bolsa de terciopelo, dos ganchos de ropa, una resortera, un termómetro, sillas, un retrato litografiado por el finado Sisson, un chaquete, dos máscaras de alambre para el carnaval que viene, todo eso y todo lo que no vi o no se me quedó de memoria, llenaba la tienda en las inmediaciones de la puerta, recostado, colgado o expuesto en cajas de vidrio, igualmente viejas. Más adentro, había más cosas y muchas, y del mismo aspecto, sobresaliendo los objetos grandes, cómodas, sillas, camas, unos encima de los otros, perdidos en la oscuridad.

Iba a salir, cuando vi una jaula colgada de la puerta. Tan vieja como el resto, para tener el mismo aspecto de desolación general, le faltaba estar vacía. No estaba vacía. Dentro saltaba un canario.

El color, la animación y la gracia del pajarito le daban a aquel montón de destrozos una nota de vida y juventud. Era el último pasajero de algún naufragio, que ahí fue a parar íntegro y alegre como antes. En cuanto lo miré, comenzó a saltar más para abajo y para arriba, de vara en vara, como si se quisiera decir que en medio de aquel cementerio jugaba un rayo de sol. No le atribuyo esa imagen al canario, sino porque hablo con gente retórica; en realidad, él no pensó en cementerio ni sol, según me dijo después. Yo, envuelto en el placer que me trajo aquella vista, me sentí indignado por el destino del pájaro, y murmuré bajito palabras agrias.

—¿Quién sería del dueño execrable de este animalito, que fue capaz de deshacerse de él por un par de centavos? ¿O qué mano indiferente, no queriendo guardar ese compañero de dueño difunto, se lo dio gratis a algún pequeño, que lo vendió para ir a jugar a la lotería?

Y el canario, quieto encima de la vara, trinó esto:

—Quien quiera que seas tú, ciertamente no estás en tus cabales. No tuve dueño execrable, ni me dieron a ningún niño que me vendiera. Son imaginaciones de persona enferma. Ve a curarte, amigo.

—¿Cómo? —interrumpí yo, sin tiempo de espantarme—. ¿Entonces tu dueño no te vendió a esta casa? ¿No fue la miseria o la ociosidad que te trajo a este cementerio, como un rayo de sol?

—No sé qué sean sol ni cementerio. Si los canarios que has visto usan el primero de esos nombres, tanto mejor, porque es bonito, pero estoy viendo que te confundes.

—Perdón, pero tú no viniste a parar aquí porque sí, sin nadie, a menos que tu dueño haya sido siempre ese hombre que está ahí sentado.

—¿Cuál dueño? Ese hombre que está ahí es mi criado, me da agua y comida todos los días, con tal regularidad que yo, si tuviera que pagarle los servicios, no podría hacerlo con poco; pero los canarios no pagan criados. En realidad, si el mundo es propiedad de los canarios, sería extravagante que ellos pagaran lo que está en el mundo.

Pasmado por las respuestas, no sabía qué admirar más, si el lenguaje, si las ideas. El lenguaje, aunque me entrara por los oídos como de persona, salía del animal en trinos graciosos. Miré alrededor, para verificar si estaba despierto; la calle era la misma, la tienda era la misma tienda oscura, triste y húmeda. El canario, moviéndose para un lado y para el otro, esperaba que yo le hablara. Le pregunté entonces si extrañaba el espacio azul e infinito.

—Pero, querido hombre —trinó el canario—, ¿qué quiere decir espacio azul e infinito?

—Pero, perdón, ¿qué piensas de este mundo? ¿Qué cosa es el mundo?

El mundo, respondió el canario arguyendo con cierto aire de profesor, el mundo es una tienda de ropavejero, con una pequeña jaula de bambú, cuadrilonga, pendiente de un clavo; el canario es señor de la jaula que habita y de la tienda que lo cerca. Fuera de ahí, todo es ilusión y mentira.

En ese momento despertó el viejo, y vino hacia mí arrastrando los pies. Me preguntó si quería comprar el canario. Indagué si lo había adquirido, como el resto de los objetos que vendía, y supe que sí, que lo había comprado a un barbero, acompañado de una colección de navajas.

—Las navajas están en muy buen estado —concluyó él.

—Quiero solo el canario.

Le pagué el precio, mandé a comprar una jaula vasta, circular, de madera y alambre, pintada de blanco, y ordené que la pusieran en el balcón de mi casa, donde el pajarito podía ver el jardín, la fuente y un poco del cielo azul.

Mi objetivo era hacer un largo estudio del fenómeno, sin decir nada a nadie, hasta poder asombrar al siglo con mi extraordinario descubrimiento. Comencé por alfabetizar el idioma del canario, por estudiar su estructura, las relaciones con la música, los sentimientos estéticos del animal, sus ideas y reminiscencias. Hecho este análisis filológico y psicológico, entré propiamente en la historia de los canarios, en su origen, primeros siglos, geología y flora de las islas Canarias, si él tenía conocimiento de la navegación, etc. Conversábamos largas horas, yo escribiendo las notas, él esperando, saltando, trinando.

Al no tener más familia que dos criados, les ordenaba que no me interrumpieran, aun más por motivo de alguna carta o telegrama urgente, o visita de importancia. Como ambos sabían de mis ocupaciones científicas, les pareció natural, y no sospecharon que el canario y yo nos entendíamos.

No es necesario decir que dormía poco, me despertaba dos o tres veces por noche, paseaba en balde, me sentía con fiebre. Al final volvía al trabajo, para releer, aumentar, enmendar. Rectifiqué más de una observación —o por haberla entendido mal, o porque él no la hubiera expresado claramente. La definición del mundo fue una de ellas.

Tres semanas después de la entrada del canario en mi casa, le pedí que me repitiera la definición del mundo.

—El mundo —respondió él—, es un jardín asaz ancho con fuente en el medio, flores y arbustos, algo de grama, aire claro y un poco de azul por encima; el canario, dueño del mundo, habita una jaula vasta, blanca y circular, desde donde mira el resto. Todo lo demás es ilusión y mentira.

También el lenguaje sufrió algunas rectificaciones, y ciertas conclusiones, que me habían parecido simples, vi que eran temerarias.

No podía todavía escribir la memoria que había de mandar al Museo Nacional, al Instituto Histórico y a las universidades alemanas, no porque faltara materia, sino para acumular primero todas las observaciones y ratificarlas. Durante los últimos días, no salía de casa, no respondía cartas, no quise saber de amigos ni parientes. Todo yo era canario. Por las mañanas, uno de los criados tenía a su cargo limpiar la jaula y ponerle agua y comida. El pajarito no le decía nada, como si supiera que a ese hombre le faltaba cualquier instrucción científica. También el servicio era el más escueto del mundo; el criado no era amador de pájaros.

Un sábado amanecí enfermo, la cabeza y la columna me dolían. El médico ordenó absoluto reposo; era exceso de estudio, no debía leer ni pensar, no debía saber ni siquiera lo que pasaba en la ciudad y en el mundo. Así estuve cinco días; al sexto me levanté, y solo entonces supe que el canario, cuando el criado estaba atendiéndolo, había huido de la jaula. Mi primer gesto fue intentar estrangular al criado; la indignación me sofocó, caí en la silla, sin voz, tonto. El culpable se defendió, juró que había tenido cuidado, el pajarito había huido por astuto.

—¿Pero no lo buscaron?

—Sí, señor, lo buscamos; al principio se trepó al tejado, me trepé también, él huyó, se fue a un árbol, después se escondió no sé dónde. He indagado desde ayer, les pregunté a los vecinos, a los granjeros, nadie sabe nada.

Padecí mucho; afortunadamente, la fatiga ya había pasado, y en pocas horas pude salir al balcón y al jardín. Ni sombra del canario. Indagué, corrí, anuncié, y nada. Ya había recogido las notas para componer la memoria, aunque truncada e incompleta, cuando se me ocurrió visitar un amigo, que ocupa una de las más bellas y grandes chacras de los alrededores. Paseábamos en ella antes de cenar, cuando oí trinar esta pregunta:

—Viva, Sr. Macedo, ¿dónde andaba que desapareció?

Era el canario; estaba en la rama de un árbol. Imaginen cómo me puse, y lo que le dije. Mi amigo pensó que yo estaba loco; pero ¿qué me importaban los pensamientos de amigos?

Le hablé al canario con ternura, le pedí que viniera a continuar la conversación, en aquel mundo nuestro compuesto de un jardín y fuente, balcón y jaula blanca y circular.

—¿Cuál jardín? ¿Cuál fuente?

—El mundo, mi querido.

—¿Cuál mundo? Tú no pierdes las malas costumbres de profesor. El mundo —concluyó solemnemente—, es un espacio infinito y azul, con el sol encima.

Indignado, le repliqué que, si yo le diera crédito, el mundo era todo; ya había sido hasta una tienda de ropavejero.

—¿De ropavejero? —trinó él a las carcajadas— ¿Y es que las tiendas de ropavejero existen de verdad?


Texto original en portugués, aquí.

  

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares