Ira

Las mujeres tenemos el deber de conectarnos con la rabia que la cultura patriarcal nos ha inyectado. No debemos seguir tragándonos esa rabia, ni permitiendo que se burlen de las cosas que nombramos y expresamos desde esa rabia. Dice la psicología —y es evidente que no darse permiso para vivir y expresar la rabia infantil es condenarse a vivir castrado. Lo mismo pasa con esta rabia de la que hablo, que en el fondo es la misma. La rabia que nos infunde la cultura del maltrato y de la negación de lo femenino.

Cuando hablo de la ridiculización de nuestra ira me refiero en parte a las redes sociales virtuales, donde apreciamos y vivenciamos un museo de nuestras neurosis. En ellas, como en la otra vida, la de carne y hueso, se vive muy fuertemente esa censura del malestar femenino. Pero no es aquí donde está el principal campo de batalla. Está en la vida con los otros y está dentro de nosotras mismas. Está en los límites que debemos poner, está en la posición que debemos tomar, en la vehemencia que debemos permitirnos en la relación con el mundo. Y está en la aceptación y liberación de esa rabia. Las mujeres nos saboteamos constantemente, permitimos que nos comande un patriarca interior que es recio, enjuiciador y cruel. Un papá severo o una madrastra que nos castran desde dentro sin que nos demos cuenta. Y depronto nos sorprendemos justificándonos, aclarando que no somos feminazis, que debemos luchar desde la dulzura, la bondad y la salvación del otro. Ni mierda, debemos luchar desde donde se nos dé la puta gana, como nos nazca, como podamos y como queramos. Punto. 

El maltrato hacia los otros evidentemente es señal de malestar con uno mismo, de que algo no está bien. A veces no tiene por qué estarlo, cada cual lidia como puede. A lo que voy es a que la liberación de esa rabia no significa necesariamente agredir a los otros, aunque a veces no podamos evitarlo. Para evitarlo tenemos que mirarnos bien adentro. Sin maricadas. Para tomar la rabia y permitirnos sentirla. Con ella se retoma la fuerza vital, esa que cuando yo tenía dieciseis años, veinticinco años, once años, detectaba en los hombres más que en las mujeres. Esa que sentía lejana y admirable, como el tesoro visible e inalcanzable de los hombres, que están ahí para ser ellos, tan creativos, tan libres para explorar el mundo, para permitirse lo que se les dé la gana, mientras nosotras estamos atadas, silenciadas y con las piernas cruzadas, porque las mujeres debemos sentarnos bien, peinarnos bien, hablar bien, actuar bien, satisfacer al mundo. 

No, no estoy exagerando, es así, y no hay cinismo intelectualoide que me convenza de lo contrario. Lo vivo a diario, cada vez con los ojos más abiertos y las heridas más removidas. Lo vivo en el tono condescediente que muchos hombres tienen hacia las mujeres, por ser mujeres; lo vivo en la calle, donde los hombres se sienten en la libertad de invadir mi espacio y mi humanidad; lo vivo en mi familia, donde la relación entre lo masculino y lo femenino está profundamente herida, alterada y enferma; lo vivo con mis amigas y conocidas, muchas de las cuales viven como pidiendo permiso para ser y perdón por atreverse; lo vivo con los hombres que tengo cerca, que son mis amigos, que quiero o he intentado querer: veo el miedo que nos tienen, el miedo que nosotras les tenemos, somos unos animales domesticados que no sabemos qué hacer con lo que sentimos, ni siquiera logramos reconocerlo. Lo vivo todo el tiempo y en todas partes. Entonces no, ni me lo invento, ni exagero. Lo exagerado es el abuso y la injusticia. La indolencia ante actos asquerosos de violencia y sometimiento hacia las mujeres. Eso es lo exagerado y eso es lo que está mal. 

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