Miradas

Hora pico. Portal del Norte lleno. Tengo una hora para atravesar media ciudad y llegar a tiempo a mi próxima clase, pero desde el último accidente decidí que nada iba a perturbarme. No importa cuánto afán tenga, no pienso llenarme de odio. El propósito duró poco. 

Estaba esperando el bus atrás de un tumulto de gente. Llegó el primero, se llenó y los que estábamos más atrás quedamos adelante a la espera del próximo. Éramos pocas mujeres, la mayoría de las personas que estaban esperando eran hombres. Yo estaba atrás de una señora que tenía un niño cargado. Él debía tener tres años y ella más o menos mi edad. Mientras ella hablaba con su niño, yo no podía parar de pensar en el momento en que llegara el bus y todos empezaran a empujar para entrar rápido a coger una silla. ¿Cómo iba a hacer ella para sostenerse si tenía al niño cargado? No podía ponerlo en el piso, era muy peligroso. ¿A alguien iba a importarle que ella estuviera en esa situación de desventaja y vunerabilidad? ¿Y si se caía como me caí yo la otra vez?

La otra vez, cuando el bus llegó, las personas empezaron a empujar como bestias. Todas querían entrar al mismo tiempo por el mismo espacio, aunque fuera materialmente imposible. Todas las veces quieren. Hasta que no se acomodan en sus sillas no hay paz. Esa vez yo estaba ubicada en el medio del tumulto. Me empujaron furiosamente y terminé metiendo una pierna en el vacío que hay entre el bus y la plataforma. Quedé cual contorsionista, una pierna estirada en la plataforma, otra enterrada en el hueco, hasta la cadera, y el tronco aplastado en la entrada del bus. La gente siguió entrando, pasando por encima de mi despatarrada humanidad, con el fin de asegurarse una silla dentro del bus. No era dificil, sino inviable que yo me sacara sola del hueco. No era solo el dolor que me hacía sospechar de una fractura de fémur, sino también la inexplicable posición de mi cuerpo que en ese momento agradecía todas las clases de yoga que he tomado. Era una posición que, digamos, no favorecía mucho el movimiento natural. Cuando todos los que iban a entrar lograron su cometido, un señor gritó para que el conductor no arrancara: se corría el riesgo de que una de mis extremidades se quedara esperando la próxima ruta. Misteriosamente, ese señor no vio la necesidad de ayudarme a parar, cosa que sí vio una viejita bastante debilucha, por cierto. Mientras me jalaba del brazo hacia arriba, la señora me regañaba por no pararme rápido. Era de la escuela de las mamás que les pegaban a sus hijos cuando estos se caían. Finalmente llegué cojeando hasta una silla azul que la viejita me reservó, y me senté a llorar.

¿Y si se caía como me caí yo la otra vez? Llegó el bus. No, a nadie le importó que ella estuviera en esa situación de desventaja y vulnerabilidad. Sí, todos empujaron tan furiosamente como de costumbre. Sí, la mayoría eran hombres grandes y fuertes. Claro, ella terminó en el suelo, con una pierna metida en el hueco y la otra en la plataforma. La diferencia es que esta vez ella llevaba un niño cargado. El que terminó aplastado en la entrada del bus no fue el tronco de ella, sino el niño. Antes de que esto pasara, apenas el bus llegó, yo empecé a gritarle a la gente que tuvieran cuidado con la señora, que no empujaran. Les valió verga. Cuando el niño cayó aplastado, les grité que no siguieran entrando, que pararan. La mayoría paró, uno que otro siguió entrando por los laditos, aprovechando esa papaya. La mamá intentaba pararse, pero no podía. El niño se paró solo y miraba aterrado e impotente cómo una señora y yo tratábamos de levantar a su mamá. Fue difícil, pero finalmente pudo incorporarse. El niño ya había empezado a llorar hacía rato. Entraron cojeando los dos y se sentaron en una silla azul. Una silla que había estado ahí para ellos desde el principio, que nadie tenía por qué quitarles, pero que si no hubiera sido por el incidente, probablemente habrían tenido que pedir a los gritos.

Cuando entré hacia el corredor delantero del bus y miré a las personas que estaban sentadas en esa parte, las primeras personas que entraron a los empujones, que se llevaron por delante a la señora y al niño, me di cuenta de que todos, absolutamente todos, eran hombres. Todos miraban por la ventana o al vacío, mientras la señora le secaba las lágrimas al niño, le sobaba la rodilla e intentaba recuperar su propio aliento. La señora temblaba del miedo, de la rabia, de la humillación. Yo temblaba de ira. No podía parar de mirar a esos hombres, no podía entender su inconsciencia y su maldad. Había un silencio culpable. Todos fingían que nada había pasado. Nadie se miraba con nadie. Ah, bueno, sí, un hombre le miraba las tetas y el culo a la mujer que iba parada a su lado. Creía que nadie lo miraba a él.


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